Si Cortázar viviera, hoy cumpliría años. Cumpliría 96 años. Y Bruselas se alegraría y Argentina haría lo propio.
Cortázar nació un día como hoy. Un día como hoy comenzó la vida de ese escritor de ficción, de realismo mágico, ese exiliado voluntario parisino. Ese hombre que escribió en glíglico:
Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio les encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa.
¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentían balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.
¿Y qué significa lo que escribió? Eso cada quién lo da a entender con su pensamiento.
Impresionante, alto, grande, amigo, etc.
A él le corresponde como a muchos otros, un espacio con los chingones en la novena casilla de la Rayuela.
