El frío del calor

Wednesday, 4 February 2009, 0:11 | Category : Del lápiz de Chico
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PhotobucketSentado en una pequeña sombra, tiritaba un hombre. Su mirada perdida indicaba concentración, pero no pensaba a pesar del hecho de que al verlo indicara aquello. El hombre tenía frío.

Hacia 2 horas había ido por algo fresco, un tejuino bien helado de vasito plástico. Con su limón, sal y nieve de limón. Frío, helado y con ese sabor a maíz que tanto le gustaba. El hombre había salido de trabajar unos instantes para refrescarse un poco con aquel tejuino, manjar de dioses, pues el calor dentro de su lugar de trabajo era insoportable.
Quejándose salió a la calle pensando:

- Por fin me voy a salir un rato para quitarme este calor. ¡Qué bárbaro se pasó el alto! Ah pero iré por un tejuino o mejor me voy por una miche…Orale, no había visto ese local, ¿será nuevo? Sí, un tejuinito pa’la sed.

Llegó al carrito del “Gato” y pidió hipócritamente:

- Gato, ¿cómo estás ehh! Échame un tejuinazo de a “diego”.
- De a “diego”, sale y vale camarada. Sólo no se me vaya a congelar ¡eh!
- ¿Cómo me voy a congelar “Gato”? Con este pinche calor que está haciendo, si estaba sudando como puerco y pensé luego luego en un tejuinazo del buen “Gato”.
- Si. Pero sobre aviso no hay engaño “licenciado”.

El hombre se retiró tomándose su tejuino y escupía algunos pedazos de la sal de grano. Pensaba en regresar al trabajo, llevaba a lo sumo quince minutos fuera. Ya era hora y su tejuino se había acabado. Agitando el vaso con el último hielo sin derretir entró al edificio y tomó el elevador. En el elevador puso la clave para no detenerse en ningún piso, no quería que lo encontraran jugando con el vaso y el hielo. Salió del elevador y camino a su despacho, le pidió a su secretaria que le subiera al aire acondicionado.

- Claro que sí licenciado. Sólo le digo a don Chuy.

Dejando el vaso en el escritorio se sentó en su silla de piel. El cuero rechinaba y se sentía frío o fresco, no sabía distinguir. Reclinó su asiento y miró por la ventana. Podía ver parte de la gran urbe que estaba literalmente a sus pies. La gente de la calle lo conocía como el “licenciado”, pero no tenían idea que era el accionista número 1 de la empresa de la calle Timón. No gozaba de las excentricidades, no hacia equitación, ni jugaba golf. No se bañaba en agua mineral, ni tomaba exclusivamente agua traida de los alpes. No tenía un interés especial. Pero tenía una obsesión: coleccionaba hormigas. Tomaba alguna de cualquier parte y con cuidado la llevaba a su piso, dónde la sometía a una congelación por nitrogeno líquido. Después del proceso, con unas pequeñas pinzas calentadas a temperatura ambiente, movía delicadamente las patas, cabeza y tórax de las hormigas para acomodarlas en cierta posición claramente humana y unir a la nueva compañera al resto de las hormigas. Había juntado hasta ese día 3,053 hormigas, todas acomodadas en diferentes posiciones y actividades. Estaba la hormiga conductora, la lechera, la repartidora de periódicos, la barrendera, la borracha, la niña, la tránsito, la jardinera, etc. Todas tenían una actividad y simulaban la vida real.

Después de ver por un rato la ciudad tendida a sus pies, recibió una llamada y la despacho con puros monosílabicos. Colgó. Marcó un teléfono. Más monosilábicos. Colgó y se puso de pie. Se quitó el saco, se dirigió a una puerta que estaba adentro de su baño y subió por una escalera marina. Al llegar hasta arriba (durante el trayecto había varios descansos), subió por otras escaleras abrió otra puerta y estaba en el techo del edificio, sintiendo el viento correr alrededor suyo. Se arremangó y arrodillándose se puso a buscar a la víctima del día. Estaba por darse por vencido cuando una pequeña se asomó detrás de unas piedritas de hormigón. Sacó del pantalón un pequeño frasco e hizo que la hormiga se metiera en él. Cuando la hubo capturado se agachó más y sus lentes, que estaban en el bolsillo de su camisa, cayeron y se rayaron. No le dió importancia y parándose con su nueva adquisición hizo la cuenta mental: 3,054. Tapó el frasco con corcho, levantó sus lentes rayados y caminó de regreso a esas escaleras semi-ocultas. Con cuidado puso sus lentes y el frasco en la bolsa de la camisa y bajó las escaleras, cerrando tras de sí, la puerta de la azotea. En el primer descanso, abrió una puerta oculta e ingresó en cuclillas a un pequeño cuarto. Hizo el proceso de congelación, colocó a la hormiga en la posición: tomando el fresco. El calor del día había sido una constante y quería plasmarlo de alguna forma. Salío del frío cuarto (un sistema de ventilación lo mantenía en una temperatura baja) y suspiró profundamente. Bajó lo que quedaban de escaleras marinas y fue de nuevo a su silla. Al sentarse vió el agua derretida dentro del vaso del tejuino. Tomó el vaso y terminó lo que quedaba del líquido mezclado entre agua y el manjar de dioses. Al terminarlo, un pensamiento recorrió su mente así como un escalofrío:

- Durante años he coleccionado esas hormigas. Y el calor me obliga a hacerlo. Soy más frío con el calor. Así es como mi mente se siente en paz por unos instantes, haciendo sufrir a los seres. En verano es cuando más presiono a mis clientes, cuando sacrifico más a mi personal. Soy frío en el calor. Brrrr que frío se está sintiendo ahorita – Señorita, mande subir la temperatura del aire acondicionado, aquí está helando – dijo por teléfono.

Recordó las palabras del “Gato” y hacia ya hora y media que había ido por su tejuino. Se puso su saco y verificó la temperatura de la oficina, 24 °C. Partió a la calle y donde estaba el “Gato”. Ya no había nadie, más que el piso pegajoso. El sol pegaba directamente en todos los carros y en el hombre, pero él tenía más y más frío. Se sintió como si desde arriba le aplicaran un aire gélido, pero sólo él lo sintiera. El problema con este frío era que el Sol le quemaba, le ardía y el sólo moverse para protegerse de los rayos del astro, le dolía sobremanera.
La solución era clara, quedarse bajo la sombra para no sufrir el castigo de los rayos. El hecho de caminar de vuelta a su oficina implicaba 4 cuadras de Sol sobre su cabeza. Se sentó y su cuerpo exigía calor, pero no lo conseguía. Tenía por seguro que si se pusiera un termómetro, alcanzaría los 16 °C en su interior. Sabía que el exterior sobrepasaba por 20 °C esa temperatura, pero su frío interno lo estaba condenando.

Pasó un tiempo tiritando, debajo del árbol. No podía hablar, ni moverse. Era como si lo hubieran congelado con el mismo líquido que él usaba. Y justo habían pasado unos minutos más de las dos horas, cuando otro pensamiento le cruzó la mente, estaba tomando el fresco, como lo había hecho con la hormiga. Miraba el mundo desde el fresco, totalmente congelado por algo que no lograba comprender. O sólo su frío interior lo había congelado.

Antes de dejar de respirar, pudo ver, como el último instante de su vida lo veía estático, todo era un montaje, preparado desde hace años por él. Murió por un golpe de frío inexplicable por los médicos, lo único que podían decir acerca de este acontecimiento era que sus órganos internos se habían congelado desde adentro. Su muerte podría ser explicada por su forma de vida, fría y solitaria.




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