Odas elementales

Y ahora,
perdonadme, señores,
que interrumpa este cuento
que les estoy contando
y me vaya a vivir
para siempre
con la gente sencilla.Pablo Neruda, Oda a la crítica, Odas elementales.
Pablo Neruda vió en cosas comunes la poesía y escribió en esta obra odas y poemas a esas cosas que veía: a la cebolla, al tomate, a la tristeza, al invierno, otoño, verano y primavera, al vino, a la vida, a César Vallejo, a la pobreza, a la soledad y hasta el lujo se da de darle una oda a la poesía. Por sus versos uno se va relajando, se va adentrando en el amor que este hombre le tenía la vida (en eso me parezco a él y que intento escribir) y que supo plasmarlo muy a su estilo. Quiero recomendar la Oda al cobre, que me emocionó mucho, pues da una semblanza de para qué usamos ese material y para lo que deberíamos usarlo.
Neruda siempre fue defensor de la vida, luchó a su manera contra el gobierno, veía las injusticias y pronunciaba un grito en papel para no ser callado nunca. A diferencia de lo que muchos puedan, podrían o habrían pensado muchos de los poemas aquí escritos no son para una amada del poeta, son cantos a las cosas, es su forma de decirle al mundo cuanto lo quiere. Háganme el favor, quién le haría una oda al traje? O qué tal a la alcachofa (que por cierto está bien bueno)? A la castaña en el suelo? Cosas sencillas de un hombre sencillo a través de una sensibilidad.
La poesía no es algo fácil y menos con las preconcepciones que tenemos de ella. Su lectura debe ser pausada, deben de dejarse llevar, leer, releer, sentir, pensar, meditar, vivir. Como la oda al tiempo, calmada, meditabunda. Muchos de sus poemas los escribió fuera de Chile, algunos de ellos en Italia, en esa isla de Capri. Otros cuando se enteró de la invasión norteamericana a Guatemala, cuando observaba algo.
Esta compilación me parece ideal para adentrarse al mundo de la poesía, no es complicada y hasta chistosa. Es un verso que pareciera flojo, por su falta de rima consonante, sin sus sonetos. Es como se le venía a la mente y como lo interpretaba, les dejo la oda a la crítica, de este gran poeta Pablo Neruda:
Yo escribí cinco versos: uno verde,
otro era un pan redondo,
el tercero una casa levantándose,
el cuarto era un anillo,
el quinto verso era
corto como un relámpago
y al escribirlo
me dejó en la razón su quemadura.
Y bien, los hombres, las mujeres,
vinieron y tomaron
la sencilla materia,
brizna, viento, fulgor, barro, madera
y con tan poca cosa
construyeron
paredes, pisos, sueños,
En una línea de mi poesía
secaron ropa al viento.
Comieron mis palabras,
las guardaron
junto a la cabecera,
vivieron con un verso,
con la luz que salió de mi costado.
Entonces, llegó un crítico mudo
y otro lleno de lenguas,
y otros, otros llegaron
ciegos o llenos de ojos,
elegantes algunos
como claveles con zapatos rojos,
otros estrictamente
vestidos de cadáveres,
algunos partidarios
del rey y su elevada monarquía,
otros se habían
enredado en la frente
de Marx y pataleaban en su barba,
otros eran ingleses,
y entre todos se lanzaron
con dientes y cuchillos,
con diccionarios y
otras armas negras,
con citas respetables,
se lanzaron
a distupar mi pobre poesía
a las sencillas gentes
que la amaban:
y la hicieron embudos,
la enrollaron,
la sujetaron con cien alfileres,
la cubrieron con polvo de esqueleto,
la llenaron de tinta,
la escupieron con suave
benignidad de gatos,
la destinaron a envolver relojes,
la protegieron y la condenaron,
le arrimaron petróleo,
le dedicaron húmedos tratados,
la cocieron con leche,
le agregaron pequeñas piedrecitas,
fueron borrándole vocales,
fueron matándole
sílabas y suspiros,
la arrugaron e hicieron
un pequeño paquete
que destinaron cuidadosamente
a sus desvanes, a sus cementerios,
luego se retiraron uno a uno
enfurecidos hasta la locura.
Porque no fui bastante
popular para ellos
o impregnados de
dulce menosprecio
por mi ordinaria falta de tinieblas,
se retiraron todos y entonces,
otra vez, junto a mi poesía
volvieron a vivir
mujeres y hombres,
de hicieron fuego,
construyeron casas,
comieron pan,
se repartieron la luz
y en el amor unieron relámpago y anillo.
Y ahora, perdonadme, señores,
que interrumpa este cuento
que les estoy contando
y me vaya a vivir
para siempre
con la gente sencilla.
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