Cárgame (2/3)

Thursday, 5 November 2009, 1:15 | Category : Del lápiz de Chico
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de caza

Continúa de aquí.

“[...]E abrazado era más pesado de lo que recordábamos. Le comenté a T, sí recordaba cuando habíamos ido al estadio y nos habíamos emborrachado. Cómo al final cargamos a E, porque estaba como cosaco. Después de este evento recordé que la masa en reposo blablabla, cosas físicas de la vida. La vida ese día me había quitado a mi mejor amigo e iba a impedir que mandara a un venado a orinarlo.
Mientras caminábamos entre los árboles nos acordamos que habíamos dejado los rifles y que era probable que nos llegara la noche en medio del bosque. Con un chin-guas-pul nos rifamos el regresar a dónde se suponía que estaban los rifles y podernos defender de cualquier improbable ataque (los ataques más comunes en este bosque son de árboles que se caen). T perdió. Solo tardaría menos de media hora en ir y otra en regresar. Le di mi brújula (que sólo era para despistar, pues bastaba batir la brújula para tener un nuevo norte) pero le dije que siguiera el camino marcado en el piso.
T marchó y lo vi desaparecer bastante rápido. A E lo dejamos sentadito contra un árbol. Saqué un cigarro y le ofrecí por cortesía a E. Sabía que no me contestaría y que nunca más lo haría. Platiqué de todo y de nada. Cargué varias piedras y las aventaba a la nada. Mientras las aventaba le platicaba de algo a E. De qué le hablé? Entre unas de las cosas fue que habíamos dejado los rifles y que hacia rato que no sabía nada de T. Le hablé de la vez que cargué a su hijo  casi recién nacido y que no tenía idea de cómo le íbamos a decir que a su padre se lo había cargado un venado. Quién nos iba a creer? Siempre nos decían que hacíamos estupideces. Pensarían que estábamos haciendo una más y había salido mal. Seguramente sí, pero quiénes éramos nosotros. Sólo citadinos cargando a un buen amigo después de su muerte.
La noche venía, nos amenazaba y T no se aparecía. Seguí platicando con E o dígamos el cascarón de E. Cómo que no le interesaba la platica pues después de un rato se inclinó y comenzó a rodar un poco. Alarmado fui por él y lo sacudí. Tenía el pelo cubierto de ramas, de esas que se encajan en los calcetines y te joden la caminata.
Cargué a E y lo dejé ahora acostado, tomé una piedra de buen tamaño y le puse un tope. – Ahora no te me vas a pelar. – Le dije a E. En ese momento apareció T, todo cochambroso y arañado de la cara. – Desde cuando acá hay pinches pumas por acá? – Fue lo único que dijo T. No quise preguntarle y supongo que en ese momento no me quiso contar. Un llanto agudo comenzó a salir de él y apenas me di cuenta que yo también tenía lagrimones.

Prendimos el fuego y platicamos. Platicamos como nunca e incluimos a E en nuestra charla. Hablamos de su boda y como lo cargamos a la alberca y lo aventamos. Al salir empapado todos nos quedamos sorprendidos pues no lo aventamos fuerte y se abrió la frente. Pero el sonrió y se desmayó. Al final la mitad de los invitados estábamos nadando en la alberca por querer sacarlo. Lo bueno es que la novia no se enojó. Le preguntamos varias veces qué pensaba de eso. Nos contestó que jamás alguien lo había cargado, aventado a una alberca y partido la madre. Todo en una noche y en su boda.
La noche nos cayó y dormimos.

A la mañana siguiente nos despertamos temprano y empezamos nuestra labor de retorno, no podíamos tardarnos más tiempo. Cada vez el riesgo de que un venado lo orinara era más cercano. Maldición. E está tieso, bien tieso, sucio, lejos de casa y parece que es un imán de ramitas. Necesitaremos una pequeña camilla. Juntamos palos y los cargamos. Uno de ellos me golpeó la cara, lo estaba pateando para romperlo, cuando parecía que había cedido botó hacia atrás. Tengo una marca en la cara y dos dientes menos. Juntamos los palos, pusimos las chamarras, hicimos los amarres necesarios y cargamos a E.
Ya la marcha seria más cómoda y además no teníamos intención de romper huesos para que fuera flexible.

Para mala suerte de E, nuestros amarres de la camilla no eran los ideales. Cualquier boy scout nos hubiera ganado en los amarres y por esta razón perdimos 3 veces a E en el camino. Un sonido seco nos advertía de la tragedia. La primera vez nos dió lástima, tristeza e impotencia. La segunda fue una especie de quejido y pesadumbre. La tercera nos reimos, pues era lo que hubiéramos hecho de haber estado juntos y vivos en una situación similar (aquella vez que cargamos a T en un partido de futbol, en una camilla, él cayó por la desfundada camilla).
Al menos regresaríamos cargando algo y creo que era conveniente que fuera uno de nosotros. Prácticamente nos habíamos cargado toda la vida, teníamos que conservar la costumbre.[...]”

Continuará en la tercera y última parte.




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